lunes, 2 de agosto de 2010

FIGURAS QUIMÉRICAS I

Disculpe, Señora, que no me levante. Aunque sin duda es uno de los más célebres epitafios, la prosaica realidad demuestra que sobre la tumba del más popular de los hermanos Marx, Groucho, en el Eden Memorial Park de San Fernando, en Los Angeles, únicamente figuran su nombre, las fechas de su nacimiento y de su muerte, 1890-1977, y una estrella de David.

Se trata pues de uno de esos mitos, leyendas urbanas en un nombre más actual e igualmente sugerente, que trasmitimos irreflexivamente en la cotidiana conversación.

Otra de esas invenciones es aquella que asegura que el cuerpo de Walt Disney, empedernido fumador durante toda su vida, permanece crionizado a la espera del descubrimiento de la vacuna contra un cáncer de pulmón que acabó con su vida en 1966.

No. Walter Disney fue ciertamente incinerado dos días después de su muerte en el Forest Lawn Cemetery de Glendale, en la California en la que vivió, y allí reposan sus cenizas. A pesar del interés que demostró durante su vida por los avances científicos no fue realmente crionizado sino todo lo contrario, fue carbonizado.

Ese interés que demostró Disney por la ciencia es el más probable factor determinante para la creación del mito.

Desde un punto de vista frívolo, puede considerarse que los actuales avances en ciencia genética ya habían sido atisbados, intuidos, adelantados a través de la imaginación de Disney. La universal clonación de la oveja Dolly no es nada, a fin de cuentas, al lado del engendro genético que suponen el ratón Mickey, un hombrecillo con cara de roedor; o el pato Donald, un hombre con cabeza y patas de ánade que casi sabe hablar; Goofy, quizá el engendro genético de mayor gravedad médica; o el propio Pluto, un perro alopécico con tan solo dos pelos en la coronilla.

Pero antes de que la imaginación de Disney creara esos híbridos, esas extrañas mutaciones, los heraldistas medievales ya habían incorporado a las armerías figuras igualmente sorprendentes, genéticamente imposibles. La idea se la robo, con absoluta desvergüenza, al mejor y más prolijo diseñador heráldico de nuestra red nacional, don Fernando Martínez Larrañaga.

Le propongo, improbable lector, comenzar un punteo, somero, a desarrollar en varios días, a algunas de las figuras heráldicas que se han dado en llamar quiméricas, aquellas compuestas habitualmente por seres híbridos de varias especies. Hoy se tratan únicamente dos.

Sin duda el más conocido ejemplo de animal con malformación genética grave, un verdadero mutante, es el grifo del que ya se habló, no hace tanto, al tratar algunas expresiones de nuestra ciencia que dan lugar al equívoco. Se trata de un ser con cabeza, patas delanteras y alas de águila y resto del cuerpo de león. No quiero ahondar en el asunto porque este blog lo pueden leer menores de edad pero la verdad es que da lugar a reflexionar qué clase de unión amatoria pudo desencadenar semejante monstruo. El grifo se representa en nuestras armerías habitualmente rampante.

La siguiente y última figura heráldica quimérica que se abordará hoy será el dragón, animal imaginario por excelencia, que más que un ser con un trastorno mutante del ácido desoxirribonucléico debido a alguna clase de exceso, sugiere la existencia de una especie, hoy perdida, que pudiera haber sido incluida con el nombre latino Draco Draco en la taxonomía creada por el insigne Linneo. Linneo, por cierto, cuyas armas recreó el capitán don Fredrik Brodin, el mejor diseñador heráldico de aquella parte de la tierra emergida, en una reciente entrada de su excelente blog. Armas de Linneo, ya concluyo con este paréntesis, que demuestran el acierto del rey del armas que las diseñó al incluir los tres reinos de la naturaleza con un huevo en abismo.

El dragón es quizá la figura heráldica imaginaria más representada en estos reinos que hoy son España. Posee cabeza de reptil y patas de águila, cuerpo y cola de cocodrilo, alas de murciélago y boca que muestra una lengua en forma de dardo. Se dispone comúnmente vencido y en algunas armerías rampante. Habitualmente se esmalta de sinople.

Especialmente en el principado que se honra de aportar un veinticinco por ciento del PIB nacional a pesar de contar con tan solo un trece por ciento de la población española, se asociará con el mítico san Jorge, que encarnará para siempre el bien, en una concepción tercamente maniquea de la existencia y dejará al dragón la posición contrapuesta, el mal.

Para concluir esta entrada, señalar que en defensa del dragón, recientemente, se han alzado capacitadas voces que han alabado sus copiosas virtudes. Conviene aquí el recuerdo de la película Dragon hearth, que muestra al último dragón como un ser noble y valiente; o la más actual Cómo entrenar a tu dragón, que lo convierte en una especie entrañable.

Y no solo el cine, la literatura, abundante en asuntos de dragones, tiene en el I barón de Gratia Dei, del reino de Georgia, don José María de Montells y Galán, el más insigne paladín de las bondades del ser que ha encarnado en el numen social el mal: el dragón.

domingo, 1 de agosto de 2010

DISTINCIONES

Al hilo de una reciente entrada en la que se hacía recuerdo de la recepción de la última revista trimestral Cuadernos de Ayala, hoy se desea llamar su atención, improbable lector, sobre la aparición de un nuevo número de la publicación.

Ha sido el propio III marqués de la Floresta, responsable de Cuadernos, quien ha tenido la gentileza de remitir al correo asociado a este tedioso blog, el editorial que lo encabeza y cuyo texto íntegro da continuación a estos párrafos.

LA MULTIPLICACIÓN DE DISTINCIONES PÚBLICAS INCONSTITUCIONALES
(Y DE OTRAS ÓRDENES Y CORPORACIONES PSEUDONOBILIARIAS)

Allá por el mes de noviembre de 1984 publicaba yo un artículo en La Luna de Madrid (la revista de la Movida), con el expresivo título Las Órdenes falsas de Caballería (tenga Vd su propia Orden). En aquellas líneas denunciaba la proliferación de falsas Órdenes -falsas en cuanto que se hacían pasar por lo que no eran: nobiliarias o caballerescas-. No eran entonces numerosas, ni socialmente pujantes. Pero el transcurso de estos veinticinco años ha llevado ese fenómeno de las Órdenes pseudocaballerescas hasta unos límites insospechables en 1984: hoy son muchas más esa clase de entidades pseudotemplarias, pseudomaltesas, pseudoconstantinianas y demás de índole sospechosa, y además campan por sus respetos en medio de la indiferencia general de la nobleza y de la sociedad.

Y lo que es peor: de la indiferencia intolerable de la Fiscalía, que en ciertos casos debería de haber actuado sin dilación: pululan por ahí tres ciudadanos españoles (don Rafael Andújar Vilches, don Javier Chordá Ruiz y don Alberto García Alonso) que reparten cruces de una sedicente Real Orden Militar de San Carlos, a razón de 2.000 euros con capa y chapas incluidas, cuyas insignias son exactamente las mismas que las de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, segunda en importancia de las Órdenes españolas. Se cobijan bajo una Archiconfraternitat de San Carlos, asociación civil registrada por la Generalidad de Cataluña, con domicilio en la calle Londres 90 (4º,2ª), de Barcelona. El capítulo que celebraron en Amalfi (Nápoles, Italia) en septiembre último, fue estupendo.

Por otra parte, es muy cierto que la Constitución Española de 1978, en su artículo 62f, reserva expresamente a Su Majestad el Rey la facultad de conceder honores y distinciones con arreglo a las leyes.

Pero no menos cierto que el proceso de degeneración política que ha cursado en los últimos años el régimen monárquico surgido tras la muerte de Franco ha dado como uno de sus resultados que nadie haga el más mínimo caso de tal disposición de rango constitucional. Desde las Comunidades Autónomas (que se han inventado sus propios sistemas premiales, a todas luces poco acordes con la Constitución), hasta el más pequeño Ayuntamiento, toda entidad pública que se precie discierne medallas y cruces, algunas quizá acreditadas socialmente -la Creu de Sant Jordi catalana-, otras bien feas -la Orden del Dos de Mayo madrileña-, y otras a todas luces poco respetuosas con el sistema premial del Estado -así, la Cruz de Carlos III el Noble, de la comunidad foral de Navarra, que produce confusión con la otrora prestigiosa Real y Distinguida Orden de Carlos III-.

A agravar este fenómeno ha venido el paralelo de degradación y descrédito de las verdaderas Órdenes y condecoraciones del Reino. Porque casi todas -por no decir que todas- se vienen distribuyendo al arbitrio no ya del Rey o del propio Gobierno, sino de cualquier jerarca de segunda o de tercera fila. Así, por ejemplo, las cruces de la Orden de San Raimundo de Peñafort no las reparte ni siquiera el Ministro, sino la señora subsecretaria del Ministerio de Justicia; y la Real Orden del Mérito Deportivo, el secretario de Estado del Deporte. Ya es habitual que la prensa refleje la concesión afirmando que “el Ministerio ha concedido...”, “el secretario de Estado ha otorgado...”, silenciando siempre el nombre de Su Majestad. Algunas veces, en sus diplomas ni siquiera figura el nombre del Rey -caso de la aludida Raimunda-.

Todo esto produce en cualquier jurista, en cualquier patriota, y, en fin, en cualquier persona de criterio, la natural pena y una cierta melancolía.Y en las Órdenes y Corporaciones nobiliarias y caballerescas está sucediendo otro tanto, a causa de la degeneración que sufre el colectivo nobiliario, y que ha provocado un curioso fenómeno social: la verdadera nobleza, la antigua, la histórica Nobleza española -o sea, los Grandes y Títulos-, retraída y dedicada a otros menesteres, mientras que simultáneamente sus añejas instituciones corporativas van siendo okupadas por bandadas de hidalgos venidos a más en la última generación -y, lo que es peor, por advenedizos- que las manejan a su antojo. Y de ahí a abrir el acceso a estas entidades a sus amiguetes y paniaguados, no hay más que un paso. Que en algunas corporaciones ya se está dando, y aceleradamente. Así, la Orden de Malta (con su prueba inglesa, ilegal en España), así la Real Maestranza de Caballería de Ronda (con tantos maestrantes pseudoennoblecidos por voluntad soberana de su actual teniente de hermano mayor), así el Real Cuerpo de la Nobleza de Madrid (a punto de convertirse en la Asociación de Hidalgos bis bajo la égida de su nefasto presidente, aparente protector de enemigos de la Familia Real).

Por eso no somos pocos los que nos preguntamos si, en puridad, pueden considerarse nobiliarias estas entidades corruptas, que de facto se van convirtiendo en falsas. Falsas en cuanto a que sus pomposos nombres e historia no concuerdan con el hecho de que cada día que pasa sean menos nobiliarias o caballerescas, ya que un puñado de advenedizos se han inmiscuido en ellas y las han convertido en otra cosa, aunque conserven esos nombres y esas apariencias. Pero se trata, yo no tengo duda, de un proceso de falsificación histórica e institucional que avanza imparable. En pocos años no podrá decirse ya que una Orden o Corporación nobiliaria española sea auténtica.

Y no digamos de esas nuevas entidades autodenominadas nobiliarias que, sin ser falsas, tampoco son más que pseudonobiliarias. El paradigma es una entidad galaica que, sin contar en su seno con las grandes Casas de aquel reino sino tan solo con unos cuantos hidalgos de aldea, se autopostula como la genuina representación de la nobleza gallega. Últimamente su deriva ha ido a peor, puesto que nos llegan noticias alarmantes sobre la conducta de su preboste mayor, que habría dado un golpe de estado para deshacerse de más de la mitad de los miembros fundadores, que le estorbaban en su deseo de dominar la asociación. A más, ha hecho una modificación de estatutos, sin previo aviso y sin estar en el orden del día, y por supuesto sin cumplir con ninguno de los requisitos establecidos en sus estatutos fundacionales. El objetivo no es otro que convertir su asociación en una entidad más abierta (¿más abierta a los que no son nobles, a los amiguetes?), rebajando las pruebas de nobleza exigidas a los aspirantes a ingresar, y de paso triplicando la cuota de entrada (que de 300 euros ha pasado a ser de 900 euros). Sin embargo, la situación actual de la tesorería asociativa es crítica pues apenas quedan euros de los 18.000 que recaudaron como cuotas de entrada y se deben unos 5.000 euros por compra de insignias. Parece ser que el sujeto se ha dedicado a disponer libremente de dichos fondos en actos de representación y regalos suntuarios a sus amigos; se ha negado a hacer elecciones según se preveía en los estatutos, y ha convertido su cargo provisional de preboste, acordado hasta las próximas elecciones que tenían que haberse celebrado en octubre pasado, y hasta va diciendo que será jefecillo por cuatro años más. En realidad, lo que ha hecho es abortar su propio proyecto, que se ha convertido en una más de esas órdenes de fantasía en las que ingresa cualquiera que esté dispuesto a pagar lo que le piden, aunque personalmente no tenga calidad nobiliaria alguna.

En fin: siempre me ha divertido mucho este fenómeno tan generalizado en esta clase de engendros pseudonobiliarios: las luchas y escisiones internas por el poder de la nada (porque nada son en la realidad), que desembocan en que una entidad falsa acabe acusando de falsedad a su propia escindida. Enternecedor.

En contraste, algunas pseudo-Órdenes, incluso las que son más bien falsas, funcionan mucho mejor. Por ejemplo, la asociación civil denominada Orden del Camino de Santiago, promovida por el senador don Miguel Pampín Rúa, su Gran Maestre y Presidente, y con sede en Melide (La Coruña). Ha celebrado el verano pasado su XIII Capítulo Anual en Santiago de Compostela, nada menos, con Misa del Peregrino y todo. Esta entidad hace las cosas muy bien, con solemnidad y con brillantez; y sus filas están bien nutridas de personalidades españolas y extranjeras. Lástima que en el camino haya usurpado la cruz-espada que sirve de insignia a la verdadera Orden Militar de Santiago -que, sumida en su inanidad y su pequeñez, no ha abierto la boca ni para protestar, mucho menos para acudir a los tribunales en defensa de sus derechos legítimos-. No sé cómo no se les cae la cara de vergüenza: ¿cómo justificarán ante sus sucesores el no haber sabido defender su patrimonio y sus derechos históricos?

Lo dicho: la verdadera nobleza, desentendida y ausente, pasota en fin, mientras los advenedizos le comen la merienda.

¿Tiene todo esto importancia alguna? Parece ser que, para el conjunto de la sociedad española, no la tiene. A nuestros conciudadanos les gusta el folklore, y les da igual que el gran maestre de turno sea un Infante o un Grande de España, que un alcalde de pueblo, mientras los mantos, los cordones y la pasamanería -el llorado Vicente de Cadenas dixit- se conserven y se usen en las fiestas de guardar. Y es que esto evidencia una realidad: que hoy en día ser Grande o Título ya no significa nada para el conjunto de la sociedad española.

Llegados a este punto, no me queda sino anunciar que yo también me he decidido a no ser menos que tanto alcalde de aldea, que tanto advenedizo y que tanto falsario, y por eso me subo al carro de estas vanidades y voy a violentar un poquito más el artículo 62f de la Constitución de 1978: en uso de las facultades legales que tenemos los Marqueses en estos reinos, yo también voy a crear una distinción -en este caso, no podrá ser más nobílica, a fuer de marquesal-, y la voy a discernir galana y generosamente, porque una medalla es como un cigarrillo: no se le niega a nadie, como decía el Rey de Italia. Yo creo que debe tener la forma institucional de las divisas bajomedievales pero con medalla y cinta, para que los agraciados por mi persona puedan colgársela del pescuezo.

Además, voy a nombrar en mi Casa un capellán, un heraldo y dos persevantes, a más de un paje de guión; mejor dicho, de bandera, que los Marqueses tenemos derecho a tremolar bandera cuando salimos a campaña.

Y, mientras redacto los decretos marquesales con la solemnidad que el caso requiere, abro concurso público de ideas para que quien quiera auxiliarme en este comprometido empeño, se sirva comunicarme sus ocurrencias al respecto del nombre de la nueva condecoración, el modelo de la medalla y cinta, y las normas ceremoniales atinentes a su discernimiento, a las solemnidades de su imposición, y a la forma de lucirla en las ocasiones y fiestas públicas.

Se lo agradeceré sobremanera, y les concederé algunas de las primeras medallas de mi Divisa.


EL MARQUÉS DE LA FLORESTA

sábado, 31 de julio de 2010

SÁBADO: IMÁGENES

Hoy se proponen a su inteligente consideración, improbable lector, un par de fotografías. En ambas se observa al abad Gregorio, de la abadía cisterciense de Stift Heiligenkreuz, en Wienerwald, Austria.Lo llamativo de ambas imágenes es que se cumple la norma eclesiástica, hoy prácticamente olvidada, que establece que el báculo de los abades mitrados debe vestir, para ser distinguido del episcopal, un velo pendiente del inicio del nudo.Desde la publicación de la obra La heráldica en la iglesia católica, sus orígenes, costumbres y leyes, la Iglesia cuenta, de facto, con un canon, con una ley compilada a cumplir en materia heráldica. Su autor, el patrono de los heraldistas, fue monseñor Bruno Bernard Heim, de santa memoria,del que en múltiples ocasiones se ha escrito en este tedioso blog, quien, si bien nunca fue prefecto de la oficina heráldica vaticana porque él mismo impidió que se recreara, alcanzó oficiosamente ese empleo merced al prestigio adquirido con los diseños de las armerías de los cuatro últimos papas que reinaron con anterioridad al actual.En esta magna obra, el arzobispo Heim recordó que la obligación de los abades de añadir a su báculo un velo procede del privilegio, que desde antiguo únicamente poseían los obispos y no los abades, de vestir guantes litúrgicos. En consecuencia, para evitar el contacto de los dedos con el báculo, los abades debían disponer un velo al inicio del nudo.Las imágenes expuestas demuestran que, efectivamente, el velo es el signo distintivo de un báculo abacial no solo desde un punto de vista heráldico.

viernes, 30 de julio de 2010

GAZZETINO ARALDICO

Hoy se propone el nuevo número de la gaceta del Centro Studi Araldici.

El enlace es el que sigue: http://www.centrostudiaraldici.org/scarica-gazzettino.php?i=201001

jueves, 29 de julio de 2010

LOS TUDOR, DE TVE

Remite mensaje don Fernando Martínez Larrañaga, el redactor y excepcional diseñador heráldico del blog de referencia heraldistas para apoyar un reciente mensaje que se expuso, relativo a la serie los Tudor, que proyecta televisión española. Éstas son sus palabras:

Hola José Juan:

Te envío dos fotos donde se corrobora lo que dice J. Alberto Abarquero Zorrilla.
Los tabardos que aparecen recogen las armas: de los reyes católicos, de Castilla como reino y de Castilla y León.

Un abrazo.

Fernando Martínez Larrañaga

miércoles, 28 de julio de 2010

ROJO Y NARANJA

Envía unas líneas el III marqués de la Floresta al hilo del reciente éxito de nuestra selección de fútbol. Las que siguen son sus palabras.Queridos amigos:

No soy muy aficionado al fútbol, pero hay días y días, y el Campeonato del Mundo, coronado con el triunfo bien merecido de la Selección Española, ha valido la pena. Ciertamente la de los futbolistas es una lucha con épica y con virtudes caballerescas. Y cierto es también que en la defensa de sus colores se involucra una mayoría de los ciudadanos, que se sienten representados por esos deportistas, y que se identifican con su colores.

Y de colores quiero hablar hoy.

Desde la época de los Reyes Católicos, al filo del 1500, el "color nacional" de las tropas del Rey de España viene siendo precisamente el color rojo carmesí, tomado del Pendón Real de Castilla. Rojas fueron las escarapelas de los sombreros y gorros militares hasta 1868 -Cánovas del Castillo escribió bellas páginas sobre la escarapela roja-, y rojas fueron y son todavía las fajas de nuestros generales. Tras la revuelta de las Provincias norteñas de los Países Bajos contra su Rey y Señor el Rey Católico, en 1565, los rebeldes, encabezados por el Príncipe de Orange, adoptaron el color anaranjado para sus escarapelas e insignias militares, hasta el punto de que todavía hoy es el "color nacional" holandés, y se usa por doquier como emblema nacional, desde las fajas de sus jefes y oficiales militares, hasta las camisetas de su Selección Nacional de Fútbol.

No deja de ser curiosa esta repetición histórica: en los siglos XVI y XVII, los Tercios españoles de rojas insignias se enfrentaron en una larga y cruenta guerra contra los rebeldes de las Provincias Unidas, identificados con insignias anaranjadas. Y hoy, cuatrocientos años después, La Roja española se ha enfrentado victoriosamente a los holandeses de la Orange vestidos de anaranjado.

Notemos este caso como un gran ejemplo de la pervivencia en las sociedades de los emblemas y símbolos seculares.

Un saludo a todos del MARQUÉS DE LA FLORESTA

martes, 27 de julio de 2010

EMBLEMAS DE AUTOMÓVILES

Es seguro que en más de una ocasión, improbable lector, se ha preguntado por el significado de los emblemas con que los fabricantes de automóviles adornan sus vehículos ¿tendrán un origen heráldico?Para solventar esta inquietud remite unas líneas el I barón de la bahía de Cartagena, del reino del Maestrazgo, proponiendo una dirección: http://severlasalreves-palindromos.blogspot.com/2009/03/historia-de-las-marcas-de-coches-1.html

lunes, 26 de julio de 2010

LO NUNCA VISTO, DE DON JOSÉ MARÍA DE MONTELLS

Se dio cumplida noticia hace unos días de un nuevo libro escrito por don José María de Montells y Galán con sugerente título: Lo nunca visto.

Con la debida autorización del autor, se expone a continuación para su recreo, improbable lector, un capítulo del mismo:

LA ORDEN DE LA MOSCA DE ORO


A medida que pasa el tiempo, me doy cuenta que llevo escribiendo toda la vida sobre dos o tres temas y que el resto, es dar vueltas a lo mismo. Tengo algunos favoritos. Un argumento al que siempre regreso es el del diablo. Me resulta curioso que siendo asunto que me interesa desde siempre, nunca haya soñado con el Malo. Uno es de soñar mucho, pero el Señor Príncipe de los Infiernos no existe en mis fantasías, a Dios gracias.

Otro tema que visito con frecuencia es el de las órdenes de caballería, al que le he dedicado algunos libros y sensatos artículos. Ahora leo un admirable tratado titulado De Satán, de Giacomo Rendini, fino escritor de acertada y leve pluma e italiano de nación y pienso que son pocos los autores que mencionan aunque sea de pasada, a la gran caballería de las sombras. Quizá el que más conozca yo, sea al simbolista belga Georges Rodembach, el autor de Brugges la Morte, que escribió una pequeña pieza sobre Belcebú, no recuerdo el título, que cito de memoria. Hay en la moderna literatura belga, tanto flamenca como valona, una fascinación por los abismos que está por estudiar.

Consecuencia de todo ello es que llevo algún tiempo sin escribir sobre demontres y la lectura del libro de Rendini y el súbito recuerdo de Rodembach, me impelen una vez más a volver sobre satanes varios, demonios mayores y menores, íncubos y súcubos, ángeles condenados por su soberbia y otros rebeldes que han ido ingresando en la orden infernal de la Mosca de Oro.

La verdad sea dicha, es que no veo al Señor de los Abismos sobre caballo blanco alanceando al moro. Así que convendremos en que lo de la Mosca Dorada es una contra-caballería perversa, otro invento del mal. Tengo escrito que cada verano de la boca del demonio, salen las 666 moscas que poblarán el mundo las tardes del estío. Las moscas, está claro, proceden del fuego eterno, quizá de alguna nefanda coyunda que nos está vedado imaginar. Es el insecto del Maligno por excelencia, pese a que entre eruditos, corre la especie de que el escudo de Belcebú se pinta de oro, tres sapos de sinople.

Está escrito en Rodembach y en esto le siguen muchos autores, que Belcebú es el señor príncipe de los satanes y Gran Maestre de la Orden de la Mosca Dorada. Una caballería que se otorga pocas veces y por méritos muy contrastados. No prodiga Belcebú su concesión, así como así. Hay que demostrar, con juicio contradictorio, la clase de mal que se ha perpetrado y si su resultado ha sido la condenación eterna del humano que fuere tentado. En esto, el demonio es implacable y no admite recomendaciones. Collin de Plancy se ha referido a la Orden como una organización del mal creada para favorecer las acciones del señor diablo don Belcebú.

La dicha orden es muy antigua, ya que fue creada por Lucifer en el mismo momento de la rebelión de los ángeles, cuando la gran batalla. El diablo Belcebú fue nombrado caballero de ella y al poco, Lucifer delegó en él, su Gran Magisterio. Es propiedad de su condición que su insignia cambie según sea vista por alma cándida o pecadora, así que no puedo describirla cabalmente que no soy decididamente ni una cosa ni otra. Me consta que no se conoce fábrica alguna donde se manufacture, ni siquiera en Cejalvo.

Pese a que hay quien niegue su existencia, autores hay, de gran prestigio y autoridad, que señalan que Belcebú tiene buena planta y su apariencia toma a veces colosales proporciones; de rostro abultado, coronado con una cinta de fuego, provisto de cuernos como el macho cabrío, hirsuto, oscuro y amenazante, siempre se manifiesta a los humanos, con enormes alas de murciélago. En nuestra época, muy poca gente reconoce a la bestia. No tiene referencias. Viene pintado en algunos códices medievales, pero en los tiempos que corren, se ha renunciado a su representación.

Son cosas de la Edad Moderna, que se retira del saber antiguo y nos empobrece más y más, sustituyendo la ciencia aquella por la evidencia estulta. Para el común, lo que no puede demostrarse, no existe. Craso error de las luces de la razón. Hoy se sabe que la demonología está en franca decadencia. No digamos la zoología que se contiene en los bestiarios. Del hipotrino, por ejemplo, salvo algún erudito, ignorancia absoluta. En la heráldica inglesa, todavía se dice del monstruo que tiene cuerpo de camello, cabeza de jabalí y patas, pezuñas y cerdas de buey. Lo sorprendente es que canta como el ruiseñor. Es decir: trina. De ahí el nombre. En los caminos, se ve rara vez. Un ypotrill de las mismas señas está en una iglesia de Armagh, la sede primada de Irlanda, bajo la sandalia de San Patricio vencedor. Pero allí dicen que es un demonio. Y le llaman Belial, el que en humana forma, gusta del baile.

Este Belial, de las legiones del Infierno, es el satán más adicto al jolgorio y a las diversiones. Tiene la Placa de la orden de la Mosca, de cuando logró que Otelo matase a Desdémona, por celos infundados. No canta, carece de buena voz para caruso. Según doctos y sabios autores, este diablo es de naturaleza giroscópica. O sea, que gira sobre sí mismo como Fred Astaire o Gene Kelly. En esto están de acuerdo todos los que han tratado el tema.

Las demás características del Maligno son contradictorias: Mandeville en su Libro de las Maravillas del Mundo, tiene escrito que Belial es alto y bien parecido, de mediana edad y muy pocas palabras. Sir Henry Fletcher, por el contrario, asegura que luego de embutirse en un terno gris de raya diplomático, padece incontinencia verbal. Para don Álvaro Cunqueiro, sin embargo, es de la raza de los silenciosos.

Cunqueiro se topó con el Malo, por las calendas de San Tirso, en Mondoñedo, su tierra natal y a lo primero, no le reconoció, pese a tenerle muy estudiado. El Belial que digo, era un mozo con boina, los ojos colorados y los pies grandes. Un tipo corriente. El escritor supo que era Belial por la señal de sus manos. Son palma por ambos lados: verso y reverso. Por lo demás, ese día se comportó muy correctamente. No suele hacerlo.

Su moderna especialidad es el estruendo de las guitarras eléctricas y sus derivados. El satán se las ingenia para que la gente pierda la cabeza y el alma, a un mismo tiempo. No anda descaminado el Papa de Roma cuando dice que el rock es diabólico. El baile todo es cosa del demonio, cosa del hipotrino.

No así la danza ni la música, que son propias del Paraíso. Llega un alma a la presencia misericordiosa del Señor y suenan las trompetas de los arcángeles que proclaman el Juicio Final. Según mis noticias, ha pasado recientemente con el Negus y eso que el Rey de Reyes era cismático copto. Siempre que suena una música de clarines en el Cielo es un alma que está a punto de salvarse.

En época tan poco propicia como la nuestra, pocos saben que son muchos los rostros del Malo. El mismo Lucifer, el dador de luz, es asimilado a Satanás. En el Cristianismo, Lucifer y Satanás, son la misma entidad, debido a la identificación hecha por algunos de los padres de la Iglesia, como San Jerónimo. Pero existen ciertas leyendas, que explican que Lucifer, fue el primero de los ángeles caídos, no Satán, y que él, es quien gobierna los abismos del Averno, ese jardín de la noche tenebrosa.

De manera que ya supondrá el lector que la dicha Orden se otorga rara vez. Si el favorecido con la Placa de la Mosca es un humano, es costumbre que el diablo le juegue una mala pasada. No le quepa duda al lector que para que el hombre sea acreedor de esta infernal caballería han sido muchos y extraordinarios sus merecimientos. Que yo sepa, esa alma descarriada es recibida en la asamblea de los caballeros grandes placas que le acogen con grandes muestras de satisfacción. El propio Belcebú le saluda y después de abrazarle, le impone la insignia que se sujeta al frac del neófito por medio de una aguja. Al momento esa aguja cobra vida y se transforma en un aguijón o estilete que se clava en la carne del desgraciado por los siglos de los siglos. Bromas crueles del Señor de los Infiernos. El hombre amado por los demontres sufrirá toda una eternidad, salvo que la misericordia infinita de Dios, a la postre, le salve. Quizá en el Final de los Tiempos.

Hay listas de sus miembros que estremecen: Si Lucifer es su Cabeza Soberana y Belcebú, su Gran Maestre, el demonio Belial figura en el escalafón como Placa, mientras que Belfegor, el Baron Samedi y Leviatán son Grandes Placas, por sus maldades, sin duda.

Refiriéndose a Belial, la bruja Marie Sains, que se había entregado al demonio, dijo reconocer en él al rey de los infiernos, creado después de Lucifer y uno de los satanes mas poderosos, ya que fue uno de los primeros en rebelarse. Antes de su pecado perteneció a la Regla de las Virtudes y de los Arcángeles, pero ahora es el más vicioso de los demonios. Es seductor, atractivo e indolente. Tiene el poder de provocar el amor malsano, el arrebato de las pasiones incontenibles y la perdición de las almas en la lujuria. Incendió el débil corazón de Eloísa y condenó el alma de Abelardo.

Yo tengo sabido muchas cosas del Diablo y de su Orden de la Mosca. Pero no me atrevo a desvelarlo todo. Es tema que he investigado y me preocupa particularmente. También su imagen. Su manifestación física, que nosotros interpretamos como humana, lejos de la consabida del macho cabrío, del dragón o el hipotrino.

El que mejor lo ha retratado modernamente es Mel Gibson en esa película admirable que es La Pasión. Satán es la presencia oscura, un ser andrógino, enigmático, que pasa ante la cámara, en los momentos en los que Cristo sufre. Cae Nuestro Señor por el peso de la Cruz, camino del Gólgota y el Diablo se alegra. Se le ve en su negra mirada. No sabe que su sufrimiento, redime al hombre. No percibe que la muerte de Nuestro Señor, le envía para siempre a su reino de sombras.

Conviene recordar que Belial o Lucifer es también la bestia. Un dragón bajo los pies de San Jorge vencedor. Ese tosco diablo sobre el que triunfa el Arcángel San Miguel, del que soy tan devoto. Un hipotrino, una perversa alimaña. Lo que acontece es que ya no se presenta como tal. Ha variado su disfraz. Hoy se exterioriza como un hombre moderno. Le va mejor así. Aunque por veces le delate su mucha arrogancia.