Al hilo de la entrada en la que se exponían algunos datos relativos a la dignidad de baronet, hoy se propone la consideración de las coronas que, no solo timbran las armas, sino que verdaderamente adornan las cabezas de los nobles de aquel conjunto de reinos que la comunidad internacional denomina Gran Bretaña.
Como recordará, improbable lector, Inglaterra y sus demás reinos anejos, mantienen vigente la ceremonia de coronación de su soberano.
Ceremonia llena de boato y esplendor que,
cuentan los expertos, es copia ampliada de la que se practicó en el reino de Aragón hasta la unión con el reino castellano.
No obstante, enlazando con la anterior entrada, únicamente los nobles que tienen la consideración de pares de Gran Bretaña se ciñen la corona, esto es, todos los títulos vigentes a excepción del de baronet, que no cuenta con corona propia.
Hoy se proponen, como se decía, imágenes de las coronas con las que los nobles se tocan en la ceremonia de coronación y que difieren en buena medida de las que la nobleza española ha venido utilizando para timbrar sus armas.
Así, sin entrar a considerar las coronas propias de los príncipes de la real familia, los duques de Gran Bretaña lucen la corona que sigue:
Corona que se adorna con hojas de acanto similares a las que utilizan en sus armas los de nuestro país:
El título británico de marqués se adorna con esta corona,
que alterna las hojas de acanto con perlas de forma similar, pero no idéntica, a como lo hacen los marqueses españoles, cuya corona particular es esta:
Los condes del reino unido se cubren con una corona 
que sí difiere con claridad de la que lucen en sus armas los españoles:
Y es que la corona inglesa dispone hojas de acanto entre las elevadas perlas.Igualmente la corona de vizconde de Gran Bretaña
posee un diseño diferente de la española:
Y por fin, la diferencia se hace aún más evidente al considerar el diseño de la corona propia del título de barón del Reino Unido 
en relación a la corona del mismo título española:
An outline of heraldry, que se podría traducir como un esbozo sobre heráldica. Uno de los mejores opúsculos, no se puede llamar libro a veintitantas hojas, que he leído sobre nuestra ciencia. Profusamente ilustrado, de marcado acento británico, es obra de Robert Innes-Smith.
El reino unido de Gran Bretaña mantiene un sistema premial de corte tradicional. Así, aquellos a los que la sociedad adeuda, por sus méritos contraídos, un especial reconocimiento son ennoblecidos con un título. Pero el título que con más frecuencia es utilizado para reconocer la especial entrega a la sociedad no es coincidente con el resto de los que en nuestra Europa se han venido utilizando: Estoy hablando del título de baronet.
La nobleza británica posee, además de los títulos comunes con el resto de Europa, esta otra merced nobiliaria que no es equiparable stricto sensu con ninguna otra de las utilizadas en las sociedades civilizadas.
La nobleza titulada, aparte los propios monarcas, se ha escalafonado tradicionalmente en los títulos de príncipe, duque, marqués, conde, vizconde y barón. La merced nobiliaria de baronet se sitúa por debajo de los anteriores y no comporta una nobleza equivalente, sino de categoría inferior.
Este título de baronet fue creado, con ánimo recaudatorio, por el rey Jacobo I en 1611. La voluntad regia buscaba ennoblecer a aquellos hijos segundones de los terratenientes ingleses que se trasladaban a la conquistada Irlanda como colonos y obtener ingresos a través de esta concesión. Para otorgar la merced se requería, en una consideración muy mercantilista de la nobleza, la posesión de un patrimonio superior a las mil libras del momento.
En el reino de Escocia, del que Jacobo I fue antes soberano, se creó el mismo título unos años más tarde, en 1625, para enviar igualmente colonos a las tierras americanas de Nueva Escocia, hoy una provincia canadiense, cuyas armas, no obstante, recuerdan aquel origen.
Este título de baronet se ha otorgado con profusión desde el siglo XIX. La propia reina Victoria I de Inglaterra definió esta merced nobiliaria como “la forma de ennoblecer a la clase media”
Así, el título de baronet se ha concedido a ilustres doctores, a abogados de renombre, a los alcaldes de Londres, a empresarios de prestigio, a afamados escritores y músicos, y a un buen número de políticos.
Los baronets son reconocidos además a través de su heráldica toda vez que, desde el tiempo de su creación, venían obligados a añadir a sus armas, bien como un aumento de honor,
bien en franco cuartel,
o bien en un escusón,
una mano de gules en campo de plata, la llamada mano sangrienta del Ulster, cuyo origen se remonta a los símbolos usados por los primeros pobladores de aquella isla.
Todavía hoy, las armas de la provincia inglesa del Ulster recogen esta mano de gules:
Esta merced no obstante, como se ha explicado, no comporta una nobleza equiparable a la del resto de títulos a pesar de su carácter hereditario. Así, los demás poseedores de mercedes nobiliarias gozan del privilegio de integrar la cámara de los lores en tanto que los baronets carecen de dicha capacidad.
En relación a su tratamiento no anteceden a su nombre la partícula lord, como el resto de la nobleza titulada, sino la palabra sir, al igual que los caballeros de las órdenes de caballería de aquellos lares.
Para terminar, reseñar que si hubiera que buscar un equivalente en estos reinos que hoy son España, la condición de naturaleza más similar sería la del hidalgo anterior a la confusión de estados de la década de los treinta del siglo XIX, cuando la administración del Estado reconocía esta dignidad.
Escribe unas líneas don Francisco José Sánchez Sánchez, Señor de Aurelys en el reino del Maestrazgo, doctor en derecho y Defensor del Vínculo y Promotor de Justicia de un tribunal eclesiástico diocesano, relativas al hilo de los tres extraños muebles de sable que tanto han dado que pensar. Las que siguen son las armas y las palabras de don Francisco:
Don José Juan: un honor gracias a usted poder ver mis armas de nuevo en
He seguido con verdadero interés el asunto de los misteriosos muebles (potes, ollas, columnas,... o incluso ojos de cerradura que me parecen a mí). Sigo sin creerme que puedan ser las armas de un linaje particular en pie de igualdad con las del Emperador, a pesar de la evidente similitud.
En mi ingenuidad, he tratado de buscar entre los escudos de los territorios que dominaba y/o títulos que ostentaba Carlos V, o incluso de los que aún hoy en día están asociados a la Corona y ostenta el Rey de España.
El trabajo, con mis medios y escasos conocimientos, obviamente, me sobrepasa. He pensado que igual se trata de algún título menor (de los que se incluyen en ese largo "etcétera" que se decía tras los títulos mayores o más importantes).
He podido comprobar que son bastantes más numerosos éstos que los "mayores"... e ilustrativo de todo esto puede ser la ilustración de la que le añado el enlace: 
Se habló en una
Orden de caballería carente en ese periodo de sustento jurídico, de cuerpo legal, pero no por ello inexistente.
Como se expuso, los caballeros tenían durante ese periodo inicial clara conciencia de pertenecer a mismo cuerpo, una misma hermandad ideal, que encarnaba esos principios morales: La orden de caballería.
Es a partir de la notabilísima influencia del abad de Claraval, san Bernardo, cuando la orden de caballería comienza a abandonar ese frescor, esa espontaneidad derivada de la conciencia de hermandad ideal. 
La necesaria organización de los cada vez más numerosos caballeros que decidieron permanecer en Tierra Santa, tras el éxito de las primeras cruzadas, condujeron a la aparición de verdaderos cuerpos armados de caballeros.
Contingentes armados que requirieron de un cuerpo legal y administrativo que los sustentara jurídicamente.
San Bernardo, al redactar el elogio de la nueva milicia, al respaldar de forma inequívoca la nueva vocación de los monjes-caballeros, extravió la ideal orden de caballería para crear una nueva orden, de caballeros, pero con un cuerpo organizativo bien definido. 
Así, tras la adopción de reglas similares por parte de las nacientes órdenes de caballeros, no solo en Tierra Santa, sino en toda la cristiandad, la orden de caballería genérica, ideal, perdió su vigor, siendo desde entonces los caballeros, necesariamente, miembros de alguna orden definida canónica y jurídicamente como tal. Órdenes que recibieron los conocidos nombres del Hospital, del Templo, de san Lázaro, de los alemanes o teutones, de Calatrava…
La evolución de esas órdenes exigió de los neófitos no solo su voluntad guerrera enmarcada en un propósito religioso ideal, sino que requirieron poco a poco prueba de nobleza. (Quizá fue al revés y resultó que la nobleza tomó como aspiración el acceso a la caballería). Nobleza en cualquier caso exigida que, a la postre, las convirtió con el devenir de los siglos en asociaciones de nobles que supieron mantener el origen primigenio de la ideal orden de caballería universal, consolidando en buena medida la común voluntad de adhesión a valores y principios superiores.
Hoy la recepción en cualquiera de las órdenes de caballería que subsisten y de aquellas nuevas que se han creado con el paso del tiempo mantienen sí la tradición de la ceremonia de armar caballero como rito exigido para la recepción en las mismas.
Para terminar, reseñar que incluso hoy, más que en siglos anteriores, se requiere de una dosis de religiosidad que, en buena medida, ha recreado la tradición de pertenencia a un común ideal superior.
Así, el rito de armar caballero que el fraile franciscano Raimon Llull, en castellano Raimundo Lulio, estableció en su 









