El comandante médico don Juan Rafael Aliaga y Montilla, compañero de destino y amigo, caballero de muy ilustres y esclarecidas órdenes, como la Constantiniana de san Jorge, del reino de Dos Sicilias, tiene la deferencia de informarnos de un acto de investidura que tendrá lugar hoy, jueves veintisiete, a las ocho de la tarde.
Se trata de la toma de hábito, de la investidura, de nuevos caballeros de la Real hermandad de san Fernando en la cripta de la catedral de la Almudena de Madrid, presidida por su máximo representante, el general don Feliciano Calvo.
Los estatutos de esta Real hermandad datan de 1942, durante el pontificado arzobispal madrileño de don Leopoldo Eijo y Garay, de santa memoria.
Se trata de la toma de hábito, de la investidura, de nuevos caballeros de la Real hermandad de san Fernando en la cripta de la catedral de la Almudena de Madrid, presidida por su máximo representante, el general don Feliciano Calvo.
Los estatutos de esta Real hermandad datan de 1942, durante el pontificado arzobispal madrileño de don Leopoldo Eijo y Garay, de santa memoria.

Si los príncipes de Asturias ostentaran un numeral que indicara el orden en la ocupación del título, como en el caso del resto de la nobleza titulada, el que posteriormente sería el rey Enrique III de Castilla, hubiera añadido el número I a su título de heredero.
Su padre, el rey don Juan I, de la dinastía que se llamó Trastámara, creó el título de príncipe de Asturias, copiando el modelo inglés, que conoció al concertar la boda de su heredero con la princesa Catalina de Lancaster
El título de príncipe de Asturias conllevaba entonces la efectiva administración y gobierno de aquellos pagos, con las inherentes rentas anejas. Circunstancia que se mantuvo hasta el reinado de los reyes Isabel I y Fernando II, los católicos, que hicieron del título un mero adorno honorífico.
Se añade la anécdota referida a que este I príncipe de Asturias fue quien, ya siendo rey, organizó la colonización del archipiélago Canario, enviando la primera expedición, al mando del noble francés Jean de Béthencourt, en el año 1402.
Se ha hablado mucho en este espacio virtual de los diferentes elementos que conforman el escudo de España.
Pero, que recordemos, aun no se ha tratado un elemento exterior de las armas nacionales, las columnas.
Las columnas que se acolan al escudo de armas de España provienen del reinado del emperador don Carlos, sí efectivamente, primero de España y quinto de Alemania. Estas fueron sus armas:
El emperador decidió añadir las columnas a la composición heráldica que serviría de representación de su persona a instancias, dicen los heraldistas expertos, de su maestro, el médico y posterior eclesiástico italiano Luigi Marliani.
junto a su divisa, un bordón rodeado de una cinta con una inscripción personal: Ni de donde, ni a donde, en latín.
Cuentan los expertos que fue Marliani quien propuso al emperador, en una época de florecimiento de la cultura clásica, el renacimiento, añadir a la tradicional composición armera de los reyes de Castilla y Aragón, un nuevo elemento heráldico tomado de la más tradicional mitología: Las columnas de Hércules rodeadas, igual que su divisa personal, de una cartela de gules.
Como sabe, improbable lector, cuenta la mitología griega que Hércules abrió el paso desde el Mediterráneo al Atlántico, antes inexistente, separando con su magnífica fuerza, las dos columnas naturales, dos altos peñones, que cerraban el paso y desde los que no había más allá, en latín non plus ultra. Hoy ese paso que forzó Hércules se denomina estrecho de Gibraltar.
De esa forma, en una etapa de expansión, de conquista y también de gran admiración por la cultura clásica, se expuso, con evidente pertinencia y elegancia, un elemento clásico que serviría para simbolizar la expansión de los reinos españoles hacia occidente, hacia América, hacia ese continente que se situa plus ultra, más allá de las columnas de Hércules.
Desde este tedioso blog, se desea felicitar a los realizadores de esa página que, con su buen criterio y rigor, alcanzaron el día veintiuno de este mes de noviembre, el millón de visitas. Cifra que viene a confirmar la buena presentación y el mejor contenido de la página.

Conociendo la gran cultura, el rigor intelectual y la noble afición por la genealogía de las casas reales de nuestra vieja Europa del autor del libro, sorprende la publicidad que se difunde en varias páginas en la red que se hacen eco de la reciente edición de la obra.
Curiosamente, esta publicidad insiste con reiteración en un error histórico que, expresamente comprobado, no aparece en el libro. Se trata de la afirmación relativa a que el cismático rey Enrique VIII de Inglaterra casó ocho veces, cuando, como sabe improbable lector, la realidad es que contrajo solamente seis matrimonios.
En animada conversación con el autor y otros comensales, salió a relucir el tema: La realidad es simple. No debe atribuirse al autor de DINASTÍAS DE TRAICIÓN este error, que sería imperdonable en un especialista dinástico, sino a los redactores de esa publicidad equivocada.
Se insiste, deseando llamar su atención improbable lector, sobre la realidad: Estamos ante un trabajo que actualiza muy documentadamente la crónica de las casas reales de Europa occidental hasta nuestros días.
Además, aclara muchos de sus conflictos familiares, destruyendo esa maniquea afición que tienen algunos historiadores y, sobre todo, muchos políticos, de calificar a los protagonistas de la historia como buenos o malos según sus posturas ideológicas.









