En este blog se felicita exponiendo los escudos particulares. Hoy se celebra la onomástica de mi esposa, Arancha Piedrafita y Martín, Zalabardo y Orejas. Las que siguen son sus armas.


Armas que, después de la aventura relatada en el texto de la novela se completaron con un escusón de oro, cargado con un halcón parado de gules, en recuerdo del cuidado que puso el capitán Etienne de Navarre en la supervivencia de su amada, convertida por un tiempo en ave.
Armas a las que años después Isabeau añadiría un franco cuartel de gules, en homenaje a su esposo, el capitán Navarre, manteniendo brochante el lambel. 
Posteriormente, al igual que Navarre, concluida felizmente la aventura que recogen película y libro, añadió un escusón de oro cargado de una cabeza de lobo de sable, como recuerdo del cariño que profesó a ese temido animal.
Se fabula que acabaron sus días como señores de aquella misma ciudad, Áquila, que los había visto embrujados por el odio de su obispo. Después de la muerte del malvado, Roma abolió aquella diócesis. El capitán Etienne de Navarre y su esposa, Isabeau de Anjou, quedaron como señores soberanos del lugar y de su campo circundante, titulándose desde entonces como condes de Áquila.
Como condes soberanos que fueron de un territorio independiente, lograron que su larga descendencia emparentase por vía de matrimonio con las más esclarecidas estirpes de reyes de la cristiandad, siendo hecho cierto que los monarcas de Europa, todos, llevan en sus venas sangre de aquellos héroes legendarios.
Imaginé además que las armas que escogería serían las de Francia, con un lambel de plata, como muestra del antiguo afecto y como sincero homenaje a la mujer que conoció siendo adolescente y de la que siempre se mantuvo secretamente enamorado.
Lambel de plata al que añadiría escusones de oro con una cabeza de lobo de sable y un halcón posado de gules, en recuerdo de su aventura juvenil.
Caballero valiente, participaría al lado de su señor en mil batallas. 
Podemos suponer que terminó sus días casado con la hija menor del duque soberano de Bretaña, rodeado de hijos que entroncarían con las más nobles familias de la cristiandad y adinerado, aunque siempre derrochador.
En cuanto al personaje del monje Imperius le dispuse por armas un escudo de púrpura cargado con cruz de sable, como signo de penitencia por el grandísimo pecado de romper el sigilo de confesión.
Por fin, al obispo de Áquila, el malo del relato, atribuí un partido del escudo de su supuesta diócesis, que sería un águila de sable parlante del nombre de la ciudad, en un campo de plata, con las armas de su elección al ser consagrado obispo.
Armas éstas que, dada su evidente maldad, serían de sable, sembrado de jirones de plata y brochante un erizo de oro. El lema sería pincho por nacimiento. Muerto al final de la novela, le supusimos una infancia marcada por el odio, hijo de herejes que, aunque de desahogada posición económica, no fueron nunca aceptados.
Sin armas hasta su madurez y sin más objetivo que ser admitido en una sociedad en que las creencias podían determinar el aislamiento, fue converso por conveniencia ya con cierta edad, sin creer de veras en la fe católica. Por fin, el dinero de sus padres le permitió un ascenso en la jerarquía eclesiástica que, a la postre, fue lo que le condujo a su perdición.
Los reyes de España, todavía hoy, inician su reinado con una misa de consagración al Espíritu Santo.
Esta misa de consagración se celebra en una antigua iglesia de Madrid vinculada a la corona, llamada san Jerónimo el real y conocida popularmente como los Jerónimos.
Así, en esta iglesia de los Jerónimos se celebraron varias cortes del reino, juraron los príncipes de Asturias desde Felipe II hasta Isabel II, casó don Alfonso XIII con la reina Victoria Eugenia
y en ella inició su reinado el actual monarca, don Juan Carlos.
Para comprender el origen de esta iglesia y su vinculación con la real familia hay que remontarse a unos hechos que requieren una perspectiva de más de quinientos años.
se confeccionaban armoriales, que son libros en los que se detallan, dibujados, los escudos de muy diversos caballeros;
incluso se atribuían armas a personajes legendarios o que vivieron en una época anterior al nacimiento de la heráldica.
Una evidente manifestación de aquel furor social por las gestas caballerescas tuvo lugar en el año 1434. En ese año se celebró el torneo denominado como el Paso Honroso.
Se conoce con ese nombre de Paso Honroso a la justa que organizó un joven caballero leones de veinticinco años, don Suero de Quiñones, de la adinerada familia de los Quiñones del reino de León, cuyas armas fueron un jaquelado de gules y veros.
Este combate se organizó en un puente,
a diferencia de los habituales, en los que se luchaba en campo abierto, a las afueras de las ciudades, para entrenamiento de los caballeros y recreo del pueblo.
Se trataba de un puente del entonces, como hoy, muy transitado camino de Santiago. El puente que atraviesa el río Órbigo a su paso por la actual localidad de Hospital de Órbigo.
El monarca, advertido por el joven Suero de su voluntad de organizar un combate al modo de los relatados en los libros de caballerías, vio en el asunto una forma de entrenar a los caballeros del reino, en general ociosos, en el ejercicio de las armas. No hay que olvidar que en ese periodo existían treguas con los moros del reino de Granada.
A tal efecto, el rey ordenó que se difundiera por sus reinos la noticia del torneo y la honra que adquirirían los caballeros que a él acudieran.
Concluían las reglas con la afrenta que supondría, para aquellos caballeros que se negaran a romper lanza, esto es, a combatir, el hecho de tener que atravesar el río vadeándolo y entregar un guante en prenda de cobardía.
El comienzo del torneo se fijó para el mes de Julio del año 1434, en que el camino de Santiago, habitualmente concurrido, alcanzaría una congestión mayor.
Tras romper lanzas con una larga lista de caballeros venidos de los reinos circundantes e incluso de allende los Pirineos, concluyó el paso honroso el nueve de agosto, un solo día antes de lo previsto, a consecuencia de las heridas que don Suero recibió en una carga.
De aquella gesta de don Suero se conservan varios testimonios:
La cinta, azul, con la que sujetaba la gargantilla a su cuello en los combates se encuentra hoy en día en la capilla de las reliquias de la catedral de Santiago, alrededor del cuello de una estatua de Santiago el menor.
La información se ha obtenido de una página de wikipedia sobre el asunto.
Hoy se propone un breve apunte sobre algunos personajes de nuestra reciente historia.
Como recordará, improbable lector, el rey don Alfonso XIII tuvo varios hijos varones.
El hijo mayor del rey, el príncipe de Asturias don Alfonso,
lamentablemente hemofílico, renunció a sus derechos a la corona en 1933,
ya sin monarquía en España, para casar con la señorita Edelmira Sampedro y Robato, Ocejo y Turro, cubana de origen español, carente de antepasados aristocráticos, condición que entonces impedía el mantenimiento de los derechos al trono.
Su hemofilia y frágil salud aconsejaban, en cualquier caso, su renuncia, materializada en 1933, pasando a adoptar el título de pretensión de conde de Covadonga.
sin alcanzar descendencia de ninguno de los dos matrimonios. Falleció en 1938 al chocar su automóvil con una cabina de teléfonos en Miami, donde residía.
Sus esposas le sobrevivieron hasta 1994 y 1993 repectivamente.
A consecuencia de una operación de oídos cuando contaba cinco años de edad, quedó sordo. Esta discapacidad motivó su renuncia a los derechos dinásticos a la corona de España. Renuncia que se formalizó doce días después de la que firmara su hermano mayor, el príncipe de Asturias en el exilio, don Alfonso, para casar con doña Edelmira Sampedro y Robato. Adoptó el título de pretensión de duque de Segovia.
Este príncipe fue reconocido por los legitimistas franceses, ya en 1941, a pesar de su sordera, como rey de Francia en el exilio, adoptando desde entonces el título de duque de Anjou.
El infante don Jaime casó con doña Emmanuela Dampierre y Rúspoli, con quien tuvo dos hijos, don Alfonso y don Gonzalo Borbón y Dampierre, Battenberg y Rúspoli.
Casó con doña Carmen Martínez-Bordiú y Franco,
la nieta mayor del anterior general jefe del estado español.
Fallecido el duque trágicamente en Colorado en 1989, trasmitió la herencia de sus derechos dinásticos al trono de París a su hijo don Luis Alfonso.
Así don Luis Alfonso de Borbón y Martínez-Bordiú, Dampierre y Franco
es el actual rey de Francia en el exilio para los denominados legitimistas franceses. Utiliza, sin diferenciar, las armas plenas del reino de Francia.
Su nombre como pretendiente es Luis XX de Francia, si bien utiliza el título de duque de Anjou. Casado con la señorita doña María Margarita Vargas Santaella,
cuentan desde 2007 con una heredera de los derechos dinásticos en la persona de su hija,
la princesa de Francia en el exilio doña Eugenia de Borbón y Vargas, Martínez-Bordiú y Santaella, cuyas armas, de la mano del excepcional heraldista italiano Marco Foppoli, concluyen estas líneas.