Este reino perduró apenas doscientos años. Pero su escudo permanece. Permanece a pesar de ser lo menos heráldico que se pueda imaginar. Cualquier principiante estudioso de nuestra ciencia podrá observar que se trata de muebles de metal, de oro, sobre campo de metal, plata. Y la primera regla heráldica es que nunca se puede disponer metal sobre metal, ni color sobre color.
El escudo, no obstante, ha perdurado en dos vertientes: Una muy conocida: La custodia de Tierra Santa y la orden del Santo Sepulcro. La custodia es un destacamento de frailes franciscanos que la Iglesia Católica mantiene en Tierra Santa atendiendo el rito católico en los lugares en los que se desarrolló la vida terrena de Jesús. Dicha custodia tomó por armas las del reino cristiano que hubo en el lugar, el reino cristiano de Jerusalén, pero alterando el esmalte de las cruces, que se colorearon de gules. Así, no es extraño ver el mismo escudo que encabeza estas lineas, idéntico, pero con las cruces de gules para no contravenir tan evidente principio heráldico que ya se expuso.
Dicha conformación heráldica, gules sobre plata, es usada también por una de las dos únicas órdenes militares que la Iglesia Católica reconoce como emanadas de su fons honorum, como propias de su estado temporal: El Santo Sepulcro.
En cuanto al otro uso que se hace de este escudo, la realidad es que resulta menos conocido, más privado, más recoleto. Se trata casi de un principio moral. Este escudo es utilizado privadamente por aquellos que aún creen en la venida del reino del que tanto habló Jesús durante su predicación. Son esos que al empezar a trabajar dicen por el reino. El tal reino es el que deberíamos recitar todos los cristianos, al menos una vez al día, al rezar el padre nuestro: Venga a nosotros tu reino. Ese reino que anunció Jesús. Ese reino que debe ser todo caridad, todo entrega a los demás, todo preocupación por el prójimo. Ese reino, podría tener por armas las que están situadas al principio y al final de este relato.
No pocos sacerdotes mantienen este escudo en sus libros de oraciones, en sus misales, en sus agendas.. en fin, en sus cotidianos utensilios... y sobre todo en su cabeza, continuamente, al ofrecer los mil motivos de penitencia que el día nos ofrece a todos: ¡por el reino!

Cada vez que entramos en un pueblo o en una ciudad se nos muestra con celeridad el escudo de la localidad. Para el no avezado es probable que pase desapercibido. Pero para el ávido de novedades heráldicas es fácil hacerse con nuevas vistas de escudos en cada municipio al que se accede en un recorrido cualquiera.
Uno de los que más nos han sorprendido últimamente es el que adorna esta entrada. Representa el escudo de Galapagar. Se trata, sin duda, de un buen diseño: Escueto, elegante, de buen tono. Sin duda, al observar esas armas sembradas de galápagos cualquiera recordará el nombre del pueblo, un lugar de galápagos... Galapagar. 

Baste una foto para comprender la pompa de aquellas ceremonias:
Con ese acto solemne se iniciaba su pontificado. Esa tiara era utilizada de nuevo en cuantas ocasiones de mucho boato se requería.
A la muerte del pontífice, sin embargo, no eran enterrados con ella, sino que se conservaba en los museos. Se les enterraba, como ahora, con una simple mitra.
Esa corona servía además para identificar un escudo como propio de un papa. Se timbraba el escudo, esto es, en su parte mas alta se disponía la tiara y no había duda: El escudo era de un papa. Así se hizo desde Inocencio III, allá por el siglo XII, hasta Juan Pablo II, que murió en 2005. Sirvan como ejemplos una imagen del escudo de Juan Pablo I
y otra de su sucesor, Juan Pablo II.
Por el contrario, el escudo del actual pontífice, timbrado con mitra en vez de tiara,
ha hecho que varios expertos en heráldica se indignen hasta tal extremo, que hayan pensado en pasarse a la iglesia del obispo Lefevre, que mantiene una heráldica exquisita.
No obstante el error, se mantiene habitualmente el escudo del actual papa timbrado con su tiara, como es de rigor. En este caso el dicho cervantino: "Doctores tiene la iglesia", parece que no se cumplió.
Fue en tiempos de un presidente de Madrid que se llamó don Joaquín Leguina, cuando se creó el escudo de la comunidad. En su momento fue muy denostado. Decían de esas estrellas que recordaban a las repúblicas soviéticas. Nada mas lejos de la realidad.
Dado que es la ciudad de Madrid la que da nombre a la comunidad, parece muy acertado el recoger el antiguo símbolo de la ciudad ya olvidado y relegado a una bordura exterior: Las siete estrellas.
Después, la adición de los dos castillos, que simbolizan la situación geográfica entre las dos castillas, la antigua y la nueva, da al escudo un toque arcaizante, propio de la heráldica.
Dicho santo se llamó, cuando pasó por el mundo, Isidro Quintana Merlo. Fue contemporáneo de los reyes de Castilla doña Urraca; don Alfonso VII, el emperador y don Alfonso VIII, el de las Navas.
Cubre su cuerpo el escudo del municipio de Madrid y sus conocidos osa y madroño. No es errata, improbable lector. Es osa y no oso. Y es osa y no oso porque Madrid trajo inicialmente por armas las siete estrellas de la constelación de la osa mayor dispuestas tal y como se ven en el firmamento, sobre un fondo rojo, el del reino de Castilla.
Años después se cambiaron por una osa, la mayor, para ser reconocidas con facilidad en la confusión del campo de batalla, dispuestas sobre un paño blanco. Las estrellas aún existen en el escudo, pero en bordura, ese margen azul que rodea el escudo. Lógicamente siguen siendo siete.
e Inglaterra que luce cruces griegas, aparte las lises.
Qué pena que aquí no hayamos sabido mantener esa diferenciación en la corona. Al contrario, hemos sido tan avispados que la corona de Alfonso VIII señalaría hoy, sobre el escudo de España, nada menos que el sistema de Estado contrario a la monarquía y que tan nefastos resultados ha tenido para España. Ahora, esa corona que se llamó real en al cabeza de Alfonso VIII y sus sucesores se denomina corona mural.
Dicen los expertos que debe tratarse de la verdadera corona del rey citado, atendiendo al diseño de los castillos. Son idénticos en su forma a los que se labraron sobre la tumba de este rey.
Ese diseño cambió rápidamente. Además fue Alfonso VIII quien dibujó por primera vez sobre su escudo, en pleno nacimiento de la heráldica, el castillo de castilla. A su muerte, salvo el efímero reinado de su hijo Enrique I, no se volvió a usar el castillo aislado como armas reales.
Su nieto y sucesor san Fernando III combinó el castillo y el león en el conocido cuartelado.

El obispo de Ciudad Real, es también prior tradicional, al menos desde el reinado de Alfonso XIII, de las cuatro órdenes principales de España.








