La corona imperial que timbra la columna diestra
a consecuencia de sus esmaltes.
Don Gregor Kollmorgen, desde Alemania, al hilo de las recientes entradas sobre el asunto, propone una serie de ideas que, por su evidente interés, se exponen a continuación.Estimado amigo:
Respecto a las recientes entradas concernientes la corona imperial una aclaración brevísima:
El dato fundamental que hay que tener en cuenta es este: Hay una corona imperial propia, que es la que se aprecia en las imágenes tercera y cuarta de su último post, y de la cual se dice que "Probablemente esta corona fue realizada en algún lugar del oeste de Alemania a finales del siglo X, durante el reinado del emperador Otón I".
Pero ya desde la edad media se consideraba que pertenecía al Emperador Carlomagno mismo,
y como Carlomagno se veneraba como Santo (sigue siéndolo, con aprobación de la Santa Sede, en la diócesis de Aquisgrán), la corona era considerada reliquia. Era uno de los tesoros más valiosos del Imperio. Por eso únicamente se usaba en la coronación, para la cual cada vez fue traída desde su lugar de resguardo en Nuremberg.
Por eso, cada emperador se hizo hacer una corona que llevar durante su reinado. Esas fueron las llamadas "coronas de casa" (Hauskrone), un ejemplo de las cuales es la de Rodolfo II (que Francisco II, después de proclamarse Emperador Francisco I de Austria, eligió como corona Imperial de Austria).
La forma de esa (como de las otras "de casa", y también las que se usan en la heráldica) proviene no obstante de la propia, porque cuando se llevaba (por lo menos originalmente), se llevaba una mitra debajo, pero girada 90 grados para acomodar el arco.
La mitra formaba parte de los pontificales, cuyo uso fue concedido por privilegio papal al Emperador en su coronación, ceremonia que incluía su instalación como canónico de San Pedro y su inclusión en el estado clerical.
Tenía el privilegio de preparar el cáliz en la misa de su coronación, ejerciendo de subdiácono, y de cantar el evangelio en la Misa papal de Navidad, revestido de diácono. Su ornato como Emperador incluye también la estola, cruzada, como la llevan los sacerdotes.Espero que estas ideas puedan alumbrar la cuestión un poco.
Cordialmente,
Gregor Kollmorgen
quien se hiciera célebre en estos reinos por su frase: Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor, aludiendo a la defensa del que sería el rey Enrique II de Trastámara, el fratricida, en la lucha cuerpo a cuerpo contra su hermano de padre, el rey don Pedro I, el justiciero.
La palabra puig, en la lengua española denominada catalán significa montículo. Existe desde tiempos de la reconquista un célebre monasterio, cercano a la ciudad de Valencia, asentado sobre lo que se denomina el Puig de Santa María.
Cuenta la tradición que descubierta una imagen de María Santísima dibujada sobre una tabla por un peón de la hueste, la confió a Pedro Nolasco que atendía como capellán la campaña. Éste la hizo mostrar al rey, que consideró el hecho milagroso y ordenó edificar en el lugar una ermita que sirviera de acomodo a la tabla.
Ya en 1240, ganada Valencia para la cristiandad, el rey don Jaime ordenó que fuera la imagen de María del Puig la patrona de la ciudad y encargó a la recientemente fundada orden de la Merced, la custodia y culto a la imagen y la agregación de un monasterio a la ermita.
En el lugar existe aun hoy un cenobio de creación posterior que sirve como sede para la Orden de caballeros de Santa María del Puig.
Como en el resto de órdenes de caballería vigentes en España, el verdadero motor de su existencia se define como la exaltación de los valores propios de la caballería.
En tal sentido, se exige de los caballeros que deseen el acceso a la orden poseer
Es el vice gran maestre de la orden el general don Sabino Fernández Campo, conde de Latores, grande de España. Las que siguen son sus armas, diseñadas por don Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, marqués de la Floresta, como cronista de armas de Castilla y León.
Decía mi abuela, señora distinguida ella, que nadie, nadie decente al menos, se ha muerto de verdad si no ha aparecido su esquela en el ABC. Claro que ahora que el ABC es propiedad de los vascos y se ha vuelto un periódico extraño no sé que pensaría.
Se trata de un artículo relativo a que un afamado genealogista, don José Cordero, ha descubierto, hace ya tiempo, el enlace genealógico entre doña Letizia, princesa de Asturias, y el rey de León don Fernando II, soberano entre 1157 y 1198, abuelo paterno de nuestro rey san Fernando III de Castilla y León.
La noticia señala que la investigación continúa ahora su búsqueda en demanda de entronques genealógicos que apuntarían hacia don Gonzalo Fernández de Córdoba, el gran capitán. Y lo más sorprendente es que, apostilla la periodista que firma con el sugerente pseudónimo de Runrún, la Casa Real ve con buenos ojos esa investigación que haría de doña Letizia descendiente de antiquísimos héroes y reyes españoles.
La genealogía es una ciencia que investiga los ascendientes de un individuo. Habitualmente, al menos en nuestro entorno, se realiza un estudio genealógico con el fin de entroncar con miembros de la nobleza para poder reclamar el acceso a cualquiera de las numerosas corporaciones nobiliarias que existen en España.
Hace escasos días se apuntaban unas líneas sobre las órdenes de caballería que actúan en España, y se exponía el acierto que supone que estas corporaciones de caballeros no exijan probar más nobleza que los propios méritos. Son los méritos los que definen, hoy como ayer, la verdadera nobleza. La llamada nobleza personal. La búsqueda de la honrada distinción en todos lo ámbitos de la vida personal.
¿Y es que alguien duda de la nobleza adquirida por doña Letizia en el ejercicio de su difícil papel de embajadora de España ante el mundo? ¿Alguien pone en cuestión la absoluta majestad de su comportamiento en todos los ámbitos de su vida?
¿No debe considerarse ya suficiente nobleza el evidentemente difícil ejercicio de su puesto institucional como princesa de Asturias, compaginado ejemplarmente con su vida como madre de dos hijas? Y lo que es más grave, ¿es que alguien se atreve a poner en duda la nobleza de una reina de España, que en su día lo será?
Nadie duda de que la investigación genealógica es siempre un sano ejercicio que reporta muchos beneficios de todo orden: Alivia la innata curiosidad de conocer nuestro pasado; reporta datos sobre personas que, aunque desconocidas, son familia; y nos apunta incluso datos médicos que pueden resultar esclarecedores de posibles enfermedades.
Nuestra opinión, tan válida como cualquier otra, es que nos parece innecesario querer ennoblecer por medio de un entronque genealógico a una princesa que, por su propio título y sobre todo, por su modo vital es ejemplo de distinción y de entrega al trabajo realizado por España, meritos que definen, hoy como ayer, la verdadera nobleza.

Es la relativa a la ceremonia de entronización, a través de la recepción de la orden de la caballería, que fuera tradicional en Castilla y León.
En estos reinos, la mayoría de edad de los hijos de la real familia se alcanzaba en torno a los catorce años. A tal efecto se celebraba, con toda la solemnidad requerida por la ocasión, la ceremonia de admisión en la orden de la caballería, que daba verdadero valor a la madurez y consiguiente acceso a la condición de guerrero cristiano del infante real.
La recepción en la orden de caballería se desarrollaba con el sabido ritual, cuya parte culminante era el momento en el que se apoyaba la hoja de la espada sobre ambos hombros del caballero al tiempo que se pronunciaban las palabras in hoc signo, dignitatem equestrem obtines, que significan, con este signo obtienes la dignidad de caballero, añadiéndose después el sabido: Que Dios y el apóstol Santiago os hagan buen caballero.
Para realizar esta ceremonia, que era habitual entre todos los caballeros, no solo en el ámbito de la real familia, se requería siempre a otro caballero de más dignidad, o edad, o sabiduría, que era quien transmitía la orden de caballería. Pero, ¿quién hacía caballero al rey? ¿quien podía, entonces como hoy, considerarse por encima del rey?
Para solventar esta cuestión, el ingenio medieval castellano fabricó una estatua de madera del apóstol Santiago, sedente, portando una espada.

El día veintisiete de noviembre de 1217, en el monasterio de las Huelgas de Burgos, el rey san Fernando, todavía soberano solo de Castilla, fue aceptado como rey, entronizado, por medio de la ceremonia de recepción en la orden de la caballería. Orden que recibió de manos de la estatua de Santiago que, aun hoy en día, puede admirarse en el cenobio burgalés.
así como las lápidas sepulcrales de don Manuel Martínez de Tejada, natural de Aldeanueva de Cameros, de 1762; don Manuel de San Román de Tejada y Sáenz de Santamaría, de Muro de Cameros, de1767; y de D. Julián de Torrecilla y Tejada, de Lumbreras de Cameros, de 1750.
disertó acerca de la efeméride histórica conmemorada, bajo el título La batalla de Clavijo; entre la Historia, la Leyenda y el Mito, a cuya brillante intervención siguió un animado coloquio. Ocuparon la mesa presidencial, junto al conferenciante, el canciller del Solar de Tejada, don Tomás Rubio de Tejada y Fernández y, en representación del Solar hermano de Valdeosera, don Fidel Fernández de Tejada y Quemada.
Si brasil volviera a ser una monarquía imperial, el soberano, desde 1981 en que sucediera a su padre, sería don Luis Gastón de Orleans-Braganza y Baviera, don Luis I.
Éste correctísimo príncipe, ya de cierta edad y soltero, sin descendencia, tiene en su hermano don Bertrand
a su legítimo sucesor, y después de éste, también soltero y sin hijos, sucederá en la soberanía de la casa de Brasil, el hermano de los anteriores, don Antonio de Orleans-Braganza y Baviera,
casado con la princesa belga doña Cristina de Ligne, con sucesión de cuatro hijos, don Pedro Luis, don Rafael Antonio, doña Amelia y doña María Gabriela. En la fotografía que sigue aparecen los cuatro:
Lamentablemente, tenemos el triste sentimiento de comunicar que el primogénito, el príncipe don Pedro Luis, llamado a ser algún día soberano de la casa imperial de Brasil, viajaba en el vuelo de Air France desaparecido en el Atlántico recientemente.
El príncipe don Pedro Luis de Orleans-Braganza y Ligne, de veintiséis años, era licenciado en empresariales. Residía en Luxemburgo, aunque nació en 1983 en Río de Janeiro, ciudad a la que había acudido para visitar a algunos de sus familiares.








